Además compartimos unas tardes con esas dos bellas personitas que Guada y el Gato trajeron al mundo, aprendimos de Pepa, las princesas, canciones y palabras mexicanas... Comimos los platos típicos realizados por las manos de Oti, e hicimos base para salir a recorrer.
Creo fue contado años atrás, pero es inexplicable lo grande que es el DF, las calles son autopistas (hasta de 2 pisos!) con todo tipo de transportes en todas direcciones, creemos que no chocan porque aquí en México hay muchos dioses.
En uno de esos aventones nos tiramos y empezamos a caminar y caminar para recorrer el hermoso parque de Chapultepec, visitar el museo Aantropológico (que un día entero no alcanzó para recorrelo), descansar en sombras degustndo los primeros menus Aztecas, sean tacos, o quesadillas o ricas tortas, como las del buen Chavito.
Y de vuelta a patear: museo de Frida, cargado, político y colorido. Coyacán, bus, metro, Zócalo. Y más conocer, y reconocer, porque una de esas caminatas Caro, guiada por su memoria visual encontró su lugar de trabajo de hace 12 años, casi como si estuviese igual, salvo que ese lugar ya no estaba... Recorrimos los restaurantes donde solía pedir el mole (aquel que pico hasta las lagrimas). Una catarata de recuerdos, pero ahora de a 2 (o 3), para poder compartir y volver a pasar por el corazón tantas cosas vividas.
Pusimos en pausa la megalópolis y nos fuimos a la colorida, colonial y hermosa Oaxaca, ciudad de casitas bajas, a pesar de ser la capital de Estado.
Nuevamente nos esperaban dias largos de andar y desandar caminos. Centros culturales, ojos de agua en el medio de la montaña, con vistas oníricas. El Convento de Santo Domingo, uno de los más lujosos y hermosos de América. Carpas en protesta por Oyatzinapa, museos, cafés, mole y quesadillas.
Por fin el cuerpo permite que el mate sea un compañero más que nos permite sentarnos entre tantos para contemplar y disfrutar de todo esto.
Finalmente el descanso del equilibrio, llegamos al Pacifico para degustar cómodas raposeras y disfrutar la carta a orillas del mar. Temperaturas y olas ideales para barrenar y arrugar las yemas de los dedos con espuma salada. Una tortícolis inesperada le recordó a Caro que barrenar no era moco de pavo.
Después de hacer pica en Puerto Escondido, nos mudamos a Mazunte, pequeña y turística playa con montañas que destierran el mito "¿Playa o montaña?". Comidas locales, encuentros hermosos y panaderías que no dejamos de degustar.
Y como en todo viaje hay un momento más bajo. Así llegamos a Mazunte, plagada de jóvenes y no tanto hospedados por el próximo festival de circo. Por suerte encontramos EL lugar, el rinconcito en esta tierra para volver a conectar, y allí, en esas cabañas con vista al mar despedimos los primeros 30 y recibimos los primeros 31 de Caro.
Conscientes del momento tan mágico que estamos atravesando, acompañándonos y mimandonos.... Con la señal permanente que nos permitió recibir la catarata de mimos a la distancia, que nos ensancho el corazón, o mejor dicho, los corazones.
Saludos de todos los colores y sabores del picante, los queremos!
Nosotros...
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