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Llegar de noche es llegar con misterio. Más si viene acompañado con cambio de país, su consecuente frontera y sello de pasaporte. No bien entrados a Laos por la fronteriza Huay Xai comprobamos que los rumores eran ciertos. A pesar del comunismo vigente, lo que reina aquí es la tranquilidad de los laonianos (¿). Si es verdad que el comunismo en algo se siente, es medio difícil describir en qué porque el cambio cultural es tan grande que no sabés qué se debe a la política y que al estar en el otro lado del globo. También es verdad que es un país pobre, que hay símbolos del comunismo y poster del Ché, que las marcas internacionales son más caras y que la tecnología avanzada aún no vino de vacaciones por estos Laos…
En la terminal corroboramos que el inglés se hacía cada vez más borroso. Entre la mezcla de Pictionary /Dígalo- con-mímica (el real Esperanto del mundo y nuestro idioma por estos pagos) logramos llegar a la única calle principal de Luang Namtha, nuestro hogar por las siguientes veladas. Escasa preparación para una corta afluencia de turismo, justo lo que buscábamos. Lo primero que comimos fue una novedad… Algo que empieza con “pe” y termina con “do”… Un pedazo de pato al spiedo! (malpensados!)
En este pueblito de montaña pusimos en práctica nuestros recientes aprendizajes a motor. Así que con la nueva motoneta señada pusimos primera (sí, ya manejamos motitos con cambios, opa eh!) y recorrimos tantos kilómetros de cultura como pudimos, como bien aprendimos, no interesa estar perdido si no te preocupa dónde estás. Con un mapa improvisado nos perdimos todo lo que pudimos. Tanto que en el medio de la ruta, una especia de piquete de gazebos, motos, música y laonenses nos detuvo. La foto de la entrada evidenciaba un casamiento. Alcanzaron unos 7 minutos de miradas curiosas desde afuera para que nos sentaran en una mesa y nos trajeran toda la cantidad de Beer Lao que pudiéramos tomar junto a varios platos de comida local y varios pares de ojos tan atónitos como cómplices por nuestra presencia. A la tercera botella y sin conocer a los novios, ya estábamos dispuestos para ir al baile. Pero todo tiene un final, y un continuará! Los integrantes de la mesa nos madrugaron con un “Do you want to come to another wedding party?” (Se copan en seguir de gira?) . Nos miramos, nos reímos, nos sentimos capaces de manejar un poco más en moto y pensamos que unas manchas más al tigre le podrían venir bien. Deglutimos algunas provisiones para el camino y les arrojamos una mirada de agradecimiento a los novios, solo que no estábamos seguros de quiénes eran, quizás quede alguna prueba fotográfica que verán más adelante junto al pensamiento de “Y estos dos gringos quiénes eran?”. Creemos que no hubo una persona que entendiera qué hacíamos ahí, pero creemos que tampoco les preocupaba mucho. El segundo casamiento era real, nos dieron las nuevas hurras por nuestra llegada y una vez más, era imposible sentarse en la mesa por la cantidad de cervezas vacías acumuladas debajo de ella. Contribuímos a sumar más niveles a ese tótem de vidrio y en seguida nos aprontamos para aprender a bailar laoense. El resto de la tarde transcurrió entre obligaciones a seguir bebiendo, risas en idiomas inentendibles y fallas técnicas que nuestra memoria no recuerdan mucho.
Al cabo de varias horas llegamos a devolver la moto con una resaca importante y una cantidad de sonrisas acumuladas aún mayor. Cuando volvíamos vimos que el primer casamiento seguía… Por las dudas pasamos rápido!
Alguna cascada, puentes mágicos de bambú y mates en la naturaleza completaron aquellas jornadas. Esta vez, adornadas por bicis y evadiendo los nuevos casamientos que nos cruzamos para dar descanso al motor (y al hígado).
El capítulo que seguía era uno de los platos fuertes del viaje. A Luang Prabang la precedía la fama de ser uno de esos pueblos tan hermosos como turísticos. Hermoso por su cultura influenciada por la francesa, por sus templos milenarios, bañada por el místico río Mekong, por su paisaje colonial y por sus postales de rivera. Turístico porque todas las abejas buscan la miel más dulce. Ninguna de las predicciones fallaron pero por suerte la primer premisa pudo más. Llegamos de madrugada así que pudimos ver en vivo y directo una tradición viva. Centenares de monjes recorren el pueblo en busca de comida que gentilmente los pobladores (y algunos turistas colados) les reparten, todo en silencio. Dicen que por respeto, yo creo que porque a las 5 30 am a quién le dan ganas de hablar? Nuestras jornadas se vieron repartidas entre una nueva motoneta con pasaje a cascadas cercanas, horas de relax con vista al Mekong, el museo de historia y palacio real, caminatas por la montaña, templos (dicen que los más importantes de Lao están por acá) cuevas, un parque acuático natural increíble, una linda feria y un abundante y variado menú legado de ser colonia francesa (comprobamos el mito del pasaje en el que por 1 USD te servís un plato con toooodo lo que quieras… imagínense!). Pero sobre todo, el cumple de Carito!
El “qué momento!” (sí Jaime!) del viaje se produjo, cuando no, en el río Mekong. El calor agobiaba por lo que decidimos poner las patas en remojo. Una vez en la orilla el sol pudo más y las patas dieron paso al torso y la cabeza. Unos gurises jugaban en la otra orilla. Miradas de ida y de vuelta y a los pocos minutos ya estábamos jugando juntos en el agua, a treparse a mis hombros y zambullirse, a contar hasta a tres para que los impulsara a dar una vuelta en el aire, a tirarnos barro. No compartíamos una palabra de de nuestos idiomas, pero por un rato hablamos el mismo lenguaje.
Dos sedes, un país, pero varios aprendizajes vamos sumando…
- Arroz, moto y bambú, con esta trilogía de comodines el sudeste asíatico parece ser capaz de hacer las mil y una. Escarbadientes, puentes, tachos, escaleras, pilares, andamios, balanzas, palas y escobas son solo algunos ejemplos bambunianos. Las motos prácticamente son una extensión de sus cuerpos. No nos sorprendería ver que van al baño en moto o que se acuestan a dormir en moto, es el continente del motodo! Y el arroz… Imaginense un tutifrutti donde con cada letra deberían poner un plato diferente que se puede hacer con este cereal, buen es así. La lista de platos que se pueden cocinar con camarones que le hace Buba a Forest Gump queda corto al lado de esta!
- “Que tiene de malo? En algunas culturas es de buena educación hacerlo!”. Ese mito la salvación. El que muchas veces nos respaldaba cada vez que eructábamos, escupíamos, nos sacábamos mocos o ejercíamos algún placer similar en presencia de muchos otros, por lo general mayores. Hizo falta venir muy lejos para comprobar que las leyendas se basan en realidades. Si bien no es algo que ocurra todo el tiempo, tampoco es extraño escuchar u observar algunas de estas destrezas cada vez que nos sentamos a comer en algún restaurant típicamente asiático.
- Los pies son por estas latitudes algo completamente a lo que nosotros reconocemos. Son las niñas mimadas del cuerpo, les dan importancia para todo. Para subirse al micro tenés que sacarte el calzado (ni hablar para los templos o para las casas), en los templos te tenés que sentar con los piés patriqui, hay masajes par el cuerpo, y para las patas, manejan y hacen milesde destrezas con los pies .
- Los monjes lejos están de ser seres inmaculados ajenos a la realidad. Andan en batas graciosas, pero tratan de buscar la paz en su mundo sin molestar al resto. Se la pasan usando el iPhone o se matan de risa y son muy curiosos. Básicamente son personas. Igual hay miles de peros que no escribiré porque ya se están gastando las letras.
Más allá de los días que el pasaporte sentencia, jornadas intensas atravesamos. El calendario marcaba que debíamos cambiar de país para no convertirnos en calabazas y la visa Vietnamita había entrado en vigencia. A pesar del breve recorrido, un afecto tácito con este país nos quedó de sensación y un “hasta pronto” nos llevamos de recuerdo.
Salutes a tuitos y si llegaron hasta acá, escriban que es lindo leerlos a imaginarlos a la distancia (o sea, contesten ortiv@s!)
Sabadíii!!!