Energía


Nos encanta medir, al menos lo suficiente para inventar magnitudes de todos los sabores. Altura, calor, distancia, velocidades, cantidades, volúmenes y la gran lista de combinaciones de estas y otras muchas variables. Y para cuantificar la energía que uno usa para hacer las cosas? Quizás se pueda acertar en la fuerza necesaria para subir una escalera, saltar medio metro, mover determinado músculo. Pero yo hablo otro tipo de energía, la de espíritu, la de la vida. 

Cuánto hace falta para tener una idea buena? Para elegir un gusto de helado? Y para decidir cómo sacar una foto? Para soñar, hacer un chiste, inventar una canción, disfrutar un paisaje, elegir un regalo? Quizás es tan lindo este misterio que mejor no cuantificarlo, lo más lindo es disfrutarlo.

Esa energía está en cada uno, a veces más disponible, otras en reposo, pero existe, es. Durante los últimos 13 años pares Colombia vive una erupción masiva de concentración de energía de espíritu. Eh?? Cada 2 años Bogota hace las veces de anfitriona de una suma de eventos que provocan que el aire vibre diferente al resto del año. La energía de miles y miles de personan coinciden en cada explosión popular que representa el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. 

Se puede saber la cantidad de obras (91), de países (33), de continentes participantes (5), de elencos, de artistias, de público, de salas, de presupuesto, de compañías y otros ingredientes. Pero y la energía destinada por cada una de esas partes a que esta fiesta exista? Cómo se contabiliza la fuerza usada para que esto sea realidad? Cada obra que se presenta es una inmensidad de energía reunida. De cabezas y almas destinadas a que todo sea como fue. Jornadas de actores destinadas a ensayo, ideas para iluminar, esfuerzos por crear y aprender guiones, ocurrencias para contar historias, decisiones técnicas de como montar un escenario, originalidades para componer o escoger la música que acompañar a cada pieza, trasnochadas pensando cómo reunir el presupuesto necesario, apuros para llegar a horario a una función, combinaciones de obras a ver. También cabeza y tiempo para hacer videos y publicidades contando lo que se viene, pensar qué ruta elegir para evitar el tráfico y llegar a tiempo, armar un plan que te permita ver la mayor cantidad de obras posible, buscar qué bondi te lleva desde donde estás hasta el parque en el que el teatro callejero se presenta, investigar sobre tal historia, actor o director, diagramar talleres buscando qué lugar y horario es mejor para cada uno. Y las ganas verdaderas de corazón de Fanny (y su equipo) de que esto nazca, transcurra y continúe? La lista es interminable.

Y toda esta energía flota en el aire bogotano durante 2 años cíclicamente, pero llega al clímax durante los 18 días de festival. La ciudad se viste de gala, relega la violencia urbana diaria a un segundo plano, la lluvia parece mojar menos y el frío no es capaz de evitar que la cultura florezca. Y cada obra es como un fuego artificial. Luego de todo el recorrido hecho para llegar hasta estos 3000 mts de altura explota en cada función que se presenta. Y al igual que en la realidad, primero viene la luz: las imágenes sobre el escenario que reúnen y devuelven gran parte de esta masa de energía humana usada para que eso que estamos viendo exista. Y también, al igual que en la vida, luego llega el sonido. La explosión que acabamos de ver sobre las tablas encuentra su eco en las miles de palmas que se juntan y solo se separar para volver a juntarse. Las veces que sea necesario. Quizás esa bola sonora de aplausos sea el termómetro abstracto en el que durante el festival se miden los esfuerzos conjuntos (...un adelantado Balá)

Por cuarta vez fui testigo de este mundial de teatro, y cada vez estoy más convencido que el campeón, el que más gana, es el espíritu de todos los que de alguna manera formamos parte. Si bien no hay magnitud para toda esta energía, sí se sabe que no se pierde, se transforma. Toda esta energía que uno trae desde el lugar que le toca al festival llega, vive, se alimenta, crece y cambia. Lo que se transforma entonces es la cara. No importa con el gesto que uno llegue, siempre se va con una sonrisa (incluso bañada en lágrimas de felicidad).

Y si bien la energía no se crea, uno se recarga. Queda además una inercia en el aire. Una sensación que flota y que extiende esta atmósfera por varios días. Al menos el resto de los que quedan del viaje. Así que ahí fui, flotando por la ciudad y sintiendo que todo lo que pasaba afuera era secundario (incluso los 4 días de lluvia seguidos!). Pero mi sonrisa de gratitud y felicidad era la protagonista.

Entonces a aprovecharla. Después de poner broche de oro al viaje (también dorado) con Carito en Zipaquirá y de despedirnos al borde del ala en medio de la madrugada me tomé un día de fiacasa (palabrita Tincho...). Luego a celebrar mi aniversario de perderme en la montaña haciendo casi lo mismo en La Chorrera, sólo que esta vez estaba acompañado, por un perro y la lluvia. Final feliz, anécdota nueva. Siguió un partido en el Campín (Millos 1 - Tolima 1) y un nuevo adiós a este país rodeado de almuerzos, cafés, cervezas, sancochos, clubs, cenas con gente amiga. Un adiós que cada vez tiene más gusto a hasta luego.

Esa energía estuvo presente en todo el viaje y siento que cada vez que vengo algo de ella me acompaña de vuelta a cambio de la que dejamos por aquí. Sea como sea, algo hay. Quizás entonces sea cuestión de recordar lo vivido, y juntar cada vez más energía sabiendo que la misma me depositará aquí nuevamente. 

Entonces se tratará simplemente de Volver el Tiempo Energía... (cualquier semejanza con los títulos de mis mails es fantasía), 

Salú! Cambio y fuera...

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