Tiempo // 29.03.12



Seguimos viajando en el tiempo. Hablando de él, qué extraño proceso que sufre el mismo estando de viaje. Muta. Es una especie de transformación que desobedece las reglas a las cuales estamos acostumbrados. No es ni más largo ni más corto, tan solo diferente. Por momentos se expande, uno se pone a pensar hace cuánto que llego a un pueblo, todo lo que pasó desde que abandoaste la terminal y resulta que el calendario rompe la ilusión corroborando que tan solo 2 días fueron los que vinieron y se fueron. Pero también pasa que en cualquier momento del viaje tomando un mate, revisás el cuaderno de viaje y resulta que sin darse cuenta ya pasaron 3 semanas desde Ezeiza. "Pucha que pasa rápido el tiempo viajando". Será en Buenos Aires es más bien un tobogán el tiempo y viajando una montaña rusa? O será que tan solo es una herramienta para ordenarnos la vida y viajando no hay tanto por ordenar sino más bien por dejar pasar? Como que se expande y se contrae, se estira y se achica. Un misterio el tiempo.

Si bien volver no es lo mismo que ir, volver al Caribe siempre despierta algo diferente. La playa ideal con agua trasparente, calentita, arena blanca y fina, jugos, frutos y colores siempre convoca. Y más en nosotros, los oriundos del mar-rrón. Quizás esa imagen perfecta no siempre es tal. Pero sea lo que sea que falte, uno lo completa con imaginación. 

Abandonada la Guajira, el cartel de "Bienvenidos a Taganga" nos deparó 3 días de relajación (y eso que ni siquiera teníamos de qué relajarnos!). Taganga es un pueblito, que si bien dicen que es un barrio de Santa Marta, poco tiene de alma urbana. Sí ofrece mucho espíritu de pueblo. De pescadores. De mar calmo. De atardeceres sobre el mar. Perfectos. Es más bien un destino ATP. Artesanos, hippies (con y sin plata, con y sin " "), europeos yendo a una fiesta típica colombiana, en la que realmente solo hay otros turistas europeos, música sajona y precios dolarizados y por último claro, viajeros "bien y copados", como nosotros. También hay  visitantes locales que se escapan de la multitud de Santa Marta (que sí tiene un tren, pero resultó que sólo lleva y trae carbón y otras cosas, nada de personas). El cuadro lo completaron cervecitas en la playita, pizza, mates, charlas, heladitos, charla futbolera originada por el 4-4 entre Atlético Nacional y Godoy Cruz. A todo esto agréguenle un hostel con pileta y si pueden, nos explican porqué nos fuimos. 

La respuestas por si no la descubrieron es porque el capítulo que seguía era el Parque Tayrona. Recurriendo al capítulo 1, "Volver", entenderán que las playas, los campings, las olas, los corales, las hamacas, los pájaros, los árboles, los olores, las compañías y la experiencia poco tiene que ver con la vivida 2 años atrás (no te pongas celoso Freddy, con vos fue único también!). En este episodio Angus y Celes hicieron las veces de compinches. Juntos defendimos nuestras hamacas del mono que nos despertó a las 6 am trepando por las mismas, buscando vaya uno a saber qué. Juntos jugamos al truco (el resultado es anecdótico...), caminamos el parque y snorkeleamos los corales y peces que nos prestaban su hábitat.

Despedida mediante, bienvenida a Cartagena. Usando de Comando Central la hermosa casa que Fanny nos sigue prestando y cargando de energía desde donde esté, recorrimos la porción costeña colombiana más legendaria. Caminando por las angostas veredas bañadas de fachadas coloniales, turistas y costeños, colores, frutas, y noches hermosas escogimos el menú del día y las excursiones volantes que llenarían nuestros recuerdos. 

De entrada, barco a Playablanca. Ahora sí que la imagen de playa ideal se empezaba a hacer realidad. Agua trasparente, calentita y carpa a pasitos del agua. Como si acaso no fuera increíble lo que encontramos allí, hubo un reencuentro mayor. Luego de casi un año y abrazados por por última vez en Villa Urquiza, esta vez el abrazo con los embajadores latinoamericanos, Mari y Pablito, nos encontró con los pies mojados por el Caribe.

El barco nos devolvió a Cartagena, Cartagena nos reencontró con mis viejos y mis viejos nos saludaron mientras íbamos a Palenke, Congo, Africa. Esos misterios de la tierra hicieron que un pueblo habitado únicamente por negros cimarrones que lógicamente hablan, bailan, comen y viven como se vive allá, en el Congo; figure dentro de Colombia, a 60 km de Cartagena. Esas injusticias de la historias explican que este pueblo en verdad es el primer pueblo libre de América Latina, fundado por esclavos oriundos de África que escaparon del imperialismo español y a fuerza de identidad erigieran su pueblo. A miles de km de su tierra, pero a cm de su tradición.

Una nueva embarcación nos llevó a otro pa(ra)ís(o), Isla Grande (boca abierta!). Como si no fuera mucho ya todo el legado cultural de Fanny, tuvimos la suerte de vivir unos días en uno de sus refugios espirituales. A 1 hora y pico de motor fuera de borda, literalmente en una isla en el medio del caribe nos recibieron sus amigos, su energía y su hermosa casa con vistas a un mar tan real como irreal. Creo que allí empecé a entender porqué los piratas elegían el Caribe para pasar sus vidas. En vez de elegir qué comer de lo disponible en la heladera, elegíamos nuestro menú de lo disponible en el mar. En vez de nadar por el mar, nos subíamos al kayak hasta alguno de los corales que nos rodeaban y snorkel mediante sobrevolábamos estas maravillas naturales. En vez de poner músiquita linda para pasar las tardes, hacíamos mate y elegíamos qué hamaca o reposera usar leyendo hasta que el sol nos distraía mientras pintaba el cielo. Rodeados de una comodidad en demasía, esperamos que llegaran los fotógrados de la revista Living para retratar el paraíso en el que estabamos... Como nunca llegaron, hicimos las veces de reporteros aprovechando cada rincón de la casa y de la isla. Gracias Fanny.

Suena inverosímil, pero nada de lo relatado más arriba fue lo más lindo que ví ni lo más emocionante que viví. Como dijo Francella, la pasión no puede esconderse. Cada vez que me puse el visor, las aletas, el chaleco compensador, chequeaba el aire, ajustaba el lastre y daba un paso al agua mi corazón empezaba a latir distinto. Buceé 4 veces, 2 en el Parque Tayrona y 2 en Barú. Cada una fue única, hermosa y mágica. Ya buceé varias veces pero cada una automáticamente te lleva a un mundo nuevo, por descubrir. Es una mezcla de tranquilidad, adrenalina, control, coordinación, desafío, descubrimiento, conocimiento y aprendizaje. Golazo. En el Tayrona nos embarcamos junto a unos biólogos que trabajaban en un proyecto de restauración de corales y mientras ellos hacían las suyas, nosotros hacíamos las nuestras. En Barú pude meterme por túneles de corales y disfrutar de una visibilidad pocas veces paradójicamente. En cada una de las inmersiones, sin importar la profundidad, corales, peces león, obispo, morenas, langostas, caballitos de mar, cangrejos y miles de vidas acuáticas. En cada una de las sumergidas, emoción, ganas de más, pero felicidad en forma de burbujas. Cada zambullida fue de 40', pero cada una dura para siempre. Un misterio el tiempo.

El próximo capítulo justamente viene con tiempo. Luego de despedirnos en Cartagena repasando todo lo hermoso que vivimos y aprendimos juntos y todo lo que nos queda por delante. Que Carito emprenda su aventurado safari por el Eje Cafetero. Sola, haciéndole frente a lo que venga! Nos extrañaremos mucho... Pero por qué buena razón! Yo, me acomodo y me acostumbro al asiento y al aire acondicionado del micro por 24 hs, hasta Bogotá. Donde me espera un nuevo mundial de Teatro, con la energía y la pasión que se despierta en la Capital colombiana cada 2 años, pero eso es otro cantar.

Para los que llegaron hasta el fondo del mail, entenderán la felicidad de lo profundo, y gracias por su misterio.

Saludos totales! 
Escriban a discreción que quizás me convenzan de mandarles las fotos....

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