Quien se dio cuenta? Alguien lo vio? Casi nadie. En el teatro lleno, es probable que sólo 5 de las más de 1000 personas que había en la sala se dieran cuenta de que ya con las puertas cerradas a una persona sentada en el piso le sonó el celular. Justo antes de comenzar la función. Y resulto que así empezaba la obra. Pero casi nadie se percató de eso. Con suerte 2 o 3 personas vieron los gestos que antes de salir al escenario tenía el personaje, no el actor. Reaccionando ante los gestos de los otros personajes en escena. Y menos probable aún es que alguien haya distinguido el detallista maquillaje de aquel protagonista a la lejanía de las butacas del teatro Colon(biano, cuak!). Sin embargo, todas sucedieron, todas son reales.
Pero nadie sabe si un árbol que cae en un bosque sin gente hace ruido. Por lo que pocos se percataron de estas acciones sencillas y casi ocultas. Ninguna de las 200 000 personas que asistieron a la clausura de este festival de sensaciones probablemente. Pero hay una explicación que le otorga sentido a todo este cuadro.
La pasión, compromiso y responsabilidad que demuestra cada una de estas situaciones es la misma con la que se lleva adelante este mundo. Todos dan y ponen y apuestan y demuestran lo mejor de sí. Pero nadie (o casi nadie) lo hace para que quede constancia de ello. Sino porque así se siente. De esa manera es como a uno le sale hacer las cosas. Es la mejor forma de sentir que uno devuelve algo de todo lo que recibe.
Difícil es advertir conscientemente algo de esa energía, pero ahí está. Se siente en el aire. En las funciones agotadas, en los desafíos técnicos superados, en las pocas horas de sueño de los que trabajamos, o por ejemplo en el aguante de 2 años para poder traer la pólvora adecuada que permitiera cerrar el festival con la misma compañía que clausuró los últimos juegos olímpicos. Y también en los multitudinarios abrazos repartidos celebrando el contentriste fin del festival. O en quien les escribe, ahora por encima de las nubes, eligiendo hacerlo en vez de mirar Rush hour 3.
Y así este festival fue un vuelo de 25 días. En el medio de la calma de una ciudad, una aceleración fortísima elevó a un pueblo a 10.000 metros de adrenalina (quizás un poco más por los ya 2000 de Bogotá). Y al llegar a la altura media uno se acostumbra al torbellino y empieza a sentir que es normal. Suena el aviso. Por la ventana ya se ven las luces anunciando el final y uno recuerda y entiende que lo normal no era más ni menos que estar flotando por encima de la realidad. Más alto, rápido y emocionante que lo común. Comienza el descenso y termina el vuelo, pero la magia perdura. Pueden desabrocharse los cinturones. Gracias por volar con nosotros.
n.
A toda la tripulación de turno, gracias totales!
PD: Fotos del vuelo a continuación. Salute y hasta la pócima.