Saudade / 01.03.09

Llegamos. La cima de nuestra montaña existía y allí estábamos. Después de un mes de escalada de Sur a Norte y de atravezar mas de 2000 km distribuidos en mas de 100 horas de viaje logramos hacernos de ella. Hubo, como en todo relato heróico, que escapar a algunas tentaciones y no dejarse llevar por lo sencillo y lo cómodo. Sin embargo todas y cada una de las distracciones agigantaron mas nuestra meta y embellecieron el camino.
Ahora sí. Sonaba insólito y poco lógico que solo en una playa de las varias de Pipa hubieras delfines. Más ridículo todavía si se tenía en cuenta que esta estaba solo a 500 metros de la playa principal y a menos aún de otras. Sin embargo sucedió. Todos los días con asombrosa puntualidad, delfines marinos se acercaban a escasos 10/15 metros de la costa como para saludar a los atrevidos que nos acercábamos y para hacerse de una rica merienda. Decidimos resumir toda esta explicación a que el nombre de la playa era "Praia do golfinhos", y evidentemente ellos, sin faltar a su compromiso con el nombre propio del lugar, hacían de las suyas. Afortunadamente, no era esto todo lo que la buena Pipa tenia para dar, lindas y variadas playas con oleajes cambiantes, tranquilidad brasilera, tragos y comidas típicas con vista al mar completaban el combo. Y como para terminar de redondear para arriba la nota que quisiéramos ponerle, un buen partidito de fulbo en la playa hasta caer la noche. El jogo bonito no fue interrumpido por la presencia argentina, sino que destellos de un jugador ansioso por jugar una final condimentaron el encuentro. Con calma y relax, nos fuimos de ahí, como habiendo fumado la Pipa de la paz.
Hasta Recife era muy corto el trayecto, así que decidimos extender nuestro viaje a Natal. Sorprendidos en principio por la cantidad de travestis mal disfrazados que habitaban sus calles, aunque luego comprendimos que el carnaval había empezado. La capital de Rio Grande do Norte supo divertirnos por demás. Las dunas de Genipabu con sus buggys y barcos nos entretuvieron durante un tranquilo día. Claro, había que prepararse para lo que se venia. La hermosura y belleza de la superficie brasilera no puede terminar allí pensábamos. Pero había que comprobarlo. Uno de nosotros debía sumergirse aún más en su territorio (esta vez la suerte no quiso que seamos dos bajo el mar, lo cual será pospuesto hasta la próxima oportunidad). Y así fue. Luego de una hora de negación y en medio de lo que parecía mar abierto llegamos a nuestros puntos de buceo. Fueron en total 90 minutos a 14 y 18 metros de profundidad. Adentrarse en las aguas continentales sirvió para comprobar lo sospechado. Y allí, donde la luz y el calor solar penetra lo suficiente como para crear maravillas de vida acuáticas, en medio del silencio de palabras y de soledad humana, donde la vista alcanzaba a 10 metros a la redonda, donde azul es el color del espacio que nos rodea, donde la gravedad se comporta de otra forma a la acostumbrada comprobamos nuestra hipótesis. Peces chiquitos, medianos, grandes, de un color, plateados, de dos colores, de muchos colores, de más de muchos colores nos rodeaban. Corales de formas azarosas e infinitas llenaban de vida el espacio circundante. No alcanzaban los ojos. Cardúmenes de cientos de peces se intercalaban con langostas enormes que movían sus antenas como detectando intrusos. Muchas langostas! Muy grandes! Cangrejos, lenguados y morenas también! Mas peces, pececitos... y de pronto ahí estaban. Reposando mansos bajos las rocas. Moviendo sus branquias regularmete y tranquilos, ondeando sus cuerpos muy suavemente. A metro y medio de nuestros cuerpos, un total de 2 o 3 tiburones lija fueron las maravillas de nuestros buceos (aquellos que se impresionan o que me creen un temerario descreanlo, realemte eran tiburones tranquilos y estaban más durmiendo que otra cosa... PERO ERAN TIBURONES!!!). Como para no terminar el buceo sin dejar nada a cambio al mar que nos recibió de olas abiertas, los camarones comidos la noche anterior fueron devueltos a su sitio original.
Con la misma velocidad que nos fuimos de Natal, abandonamos Fortaleza para llegar lo antes posible al tope de nuestra escalada: Jericocoara. Tras 20 km de viaje por arena arribamos al balneario encarecido y agitado por el Carnaval. Cuatro noches de hamacas paraguayas, pescados en diversas preparaciones, dunas de arena con puestas del sol sobre el mar, playas espaciosas, lluvias siesteras, chapusones pileteros y ambiente artesanal/hippie con plata fueron nuestro hasta pronto brasilero. Tan solo como para dejar algo en el tintero, el paseo de Buggy quedó pendiente por culpa del cielo, quien no paraba de llorar nuestra partida.

El epílogo ya lo sabemos: armar mochilas, madrugada, avión, oídos tapados, Buenos Aires, regalitos, comida rica, dormir, etc. También es conocido el choque de dos mundos que se produce al volver. Pasar de tranquilidad a aceleración, de azar a rutina, de desconocido a ya visto parece ser inevitable. Pero no obligatorio. Si 31 días dan tanto para sentir contra los pobres 334 restantes será cuestión de hacer lo necesario para equilibrar un poco la balanza.


Saludos y hasta pronto!

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PD: fotos prontamente disponibles en su videoclub amigo