Piratas del Caribe y el Hechizo del Sol / 17.02.10

Decisiones implican riesgos. La ruta del sol nos convocaba. Era tan irresistible como inevitable. No había otro norte que no fuera el mar Caribe. Entonces fijamos nuestro rumbo y 10 horas de micro con malas películas fueron canjeadas por la llegada a Cartagena de Indias. Guardamos el abrigo y a cuenta gotas (literalmente) nos pusimos nuestro mejor traje de sudor, calor y sol. Sin darnos cuenta ya estamos en otro hemisferio y todo es color, sabor y baile.

La muralla de esta gran ciudad guarda quizás el mayor tesoro urbano de aquella zona, la arquitectura colonial y la atmósfera a siglo XV que se respira por sus diminutas veredas. Pero en una ciudad de millón y medio de almas claramente debe haber más vida que la que ofrecen los cocos, mangos, guayabas y jugos disponibles en todas las esquinas. Hubo que viajar una hora y media en micro, ferry, moto y polvo para ver nuestro primer tesoro. Tan escondido como natural. Mezcla tonal de verdes y azules el mar impacta como cuando uno asoma los ojos a un estadio lleno, "El cofre hay que abrirlo!". Visor y snorkel en mano, a saquear el fondo con nuestra retinas. Sin embargo, todo tesoro tiene sus guardianes y la playa de Barú no quedó exenta. El sol y su hechizo de calor y sudor restringe gran parte de las posibilidades de estar todo el tiempo revolviendo riquezas. Así que nos guardamos lo suficiente entre libros, músicas y charlas y así estar listos para la próxima batalla (la cual afortunadamente no llegó a ser en el micro de vuelta cuando los lugareños se enojaron porque los asientos del micro estaban ocupados por dos gringos sudacas barbudos, paz y amor llaves).

Había que seguir. Los capitanes del barco decidieron crear una nueva misión y un enviado de avanzada decidió embarcarse una hora y media hacia las Islas del Rosario. El motín estaba intacto, solo que a 20 metros de produndidad. Aire comprimido en la espalda, las aletas en las patas y algunos conocimientos rústicos en el bocho. Herramientas suficientes para compartir con percas, cangrejos, estrellas de mar, corales (que aquí deberían llamarse directamente colores), langostinos, y miles de faunas marinas algo del infinito mundo salado subacuático. Obviamente piratas enemigos intentaron en vano entablar una lucha a muerte en la cual nuestra ideología pacifista (erróneamente tildada de miedosa) primó sobre la violencia.

El Hombre Hojalata y el Príncipe Encantador superaron luego de tres noches el primer paso del reglamento pirata. Un nuevo mapa caía en sus manos: a seguir las pistas. No muchas leguas marinas adelante reposa el Parque Nacional Tayrona. Obedeciendo nuestro instinto y sospechando siempre del camino fácil optamos por caballos, senderos selváticos y horas de caminata en vez de lanchas con motor fuera de borda para abordar el paraíso. A gastar nuestras suelas. Si tanto nos importaran los zapatos, los mismos serían mas importantes que el camino que recorren. El camping de Playa El Cabo no parecía tener un premio escondido ni algún valuarte específico. Otras tres noches mágicas en carpa, snorkel en sus costas, fútbol en su potrero, caminata a Pueblito, senderos plagados de monos aulladores, trepadores, serpientes, lagartijas, arañas y otros habitantes misteriosos confirmaron la sospecha cada vez mayor. Incluso seres más diminutos de lo que uno pueda imaginar...No existe tesoro alguno en aquel remoto parque. Él mismo es quien encierra toda la magia.

El silencio espectral era interrumpido tan solo por sonidos oriundos de aquel reino. Aunque cada vez más se notaba la presencia de un ser lejano. Una tensa calma invadía progresivamente las noches. A medida que la tierra giraba se hacía mas fuerte el misterio. Una sensación de final mágico teñía nuestros días. Las sonrisas en la gente, los colores de las ropas, la alegría brotando de las casas, el ritmo en los cuerpos, la carne viva y el retumbar de los tambores. Hay una sola forma de resolver esta ecuación: carnaval. Agudizamos nuestro oídos y el timón apuntó la proa hacia el epicentro de esta fiesta, Barranquilla nos esperaba. Solo una celebración tan grande puede teñir de felicidad una ciudad con escaso atractivo turístico por fuera de esta fiesta (sin ofender a nadie). A aprovechar los desfiles, los disfraces, la salsa que brota de los parlantes exagerados que hay en cada casa y la rumba de cada esquina. Existen desfiles oficiales pero el carnaval no es tangible en ninguna parte. Está en todos y en el mejor espacio que un pueblo posee; la calle. Las veredas se hacen pista de baile, los patios y jardines centros de diversión y los dientes sonriendo de las personas el logo oficial de esta celebración.

El tiempo es oro y al oro obedecemos los piratas. Restaban unos últimos granitos de arena, a recontar nuestras riquezas acumuladas. Ni el rigor físico impuesto por estas misiones ni la capitanía compartida del barco o el tiempo intensivo en conjunto empañaron lo más mínimo de nuestra película. Hubo cansancios, molestias, incomodidades y malhumores. Pero ninguno llegó al mínimo necesario para invadir algo de nuestra dupla. Y si alguna vez caímos fue solo para volver a levantarnos. Se acabaron las aventuras de este par de héroes y sigo solo pero siempre acompañado. Resistiendo contra viento y marea y aprovechando siempre las corrientes a favor llegamos mas que airosos a nuestro hasta luego definitivo. Porque esto claramente no es un fin...

Yo ho Yo ho....

fyn (o snyf si nos ponemos sentimentales)