"Si el mundo fuera un solo país, Estambul sería su capital" dijo
Napoleón Bonaparte. Si tomamos enserio al petiso con fama de
conquistador mundial además de llegar a tierras turcas hemos llegado a
una capital mundialmente importante. El exilio de tierras israelitas
quedaba atrás y una nueva etapa del viaje asomaba al aterrizar nuestro
avión.
Si bien el clima seguía ofreciendo el frío ("polar" como dicen por
ahí...) como única opción el calor del pueblo turco equilibró la
balanza de la calidez rápidamente. Estambul desde el primer momento
nos impactó por su organización, la facilidad para los traslados
internos, sus mezquitas y sus amplias extensiones. La geografía de
esta ciudad está recortada por las torres de las decenas de mezquitas
que habitan su suelo. Cada atardecer se presenta decorado con
estéticas puntas que se recortan en la gama de colores del
solponiente.
Estanbul nos dió todo lo que uno necesita para sentirse a gusto de
vacaciones. Por un lado las ventajas primermundistas de la
organización, seguridad, puntualidad y variedad de hospedajes,
excursiones, y caminos posibles. Pero el equilibrio lo logra con una
dosis tercermundista de azar, precios accesibles, calidez de su gente,
comidas callejeras exquisitas, mercados populares a rabiar y calles
100% dispuestas a ser descubiertas, exploradas, fotografiadas y
caminadas.
Nuestros primeros días allí pasaron a ser una introducción a la
religión musulmana. Mi desconocimiento hacia ella jugó a favor. Nada
de prejuicio y mucha curiosidad por conocer una cultura muy extensa
con mucho para ofrecer. Mi desinterés hacia la existencia o no de uno
o más dioses siempre es más fuerte. Pero no dejo de creer que cada
religión posee puntos positivos que ofrecer y características que como
agentes sociales son importantes. Las mezquitas son templos hermosos,
con cúpulas inmensas, colores por doquier, vitrós, decoraciones
hermosas y atmósferas especiales. Al entrar en cada una de estas uno
debe sacarse el calzado que lleva. Pocas cosas son tan lindas como
andar descalzo, sobre todo si uno viene de una extensa caminata
(situación casi omnipresente en los viajes). Más lindo es si además el
lugar al que uno entra es una especie de living gigante alfombrado
lleno de personas de todo el mundo con una mezcla de silencio y sonido
ideal para descansar los sentidos y concentrar la energía. Estos
santuarios funcionan como lugares de reunión y no como sedes de Dios.
Punto musulmán. Luego de la imponente Mezquita Azul y de visitar otras
más cambiamos de Rubro.
Visitamos la Cisterna Basílica llamada “Palacio Sumergido”. Luego de
atravesar una puertitia de una oficina de entrada pensábamos acceder a
una suerte de depósito de agua antiguo, y así lo hicimos. Lo que no
creíamos es que este lugar de 140 x 70 metros era un imponente
reservorio de agua con unas asombrosas columnas que lo sostienen y que
es registro de cómo sobrevivían los pueblos en tiempos de conquistas
otomanas. Algunas leyendas sobre Medusa, fotos divertidas, frío húmedo
y a seguir paseando.
Estambul está en Europa, pero también está en Asia! Tan solo un
puente, unos metros y un mar, el Marmara separan un continente de
otro. Así que algunas tardes se pasaron mate en mano en Europa con la
vista puesta en Asia (literal y metafóricamente). Nada más gráfico que
el nombre de nuestra casita de esos días, Hostel Eurasia y el gran
Mustafá de anfitrión.
Usamos los geniales Metros y Tranways, el mapa, nuestras zapatillas,
nuestra intriga y los azares que nos acompañaba para recorrer el resto
de la ciudad. La multitudinaria peatonal Taksim con su diminuto
tranvía y sus vistosos locales. La torre Galata con su imponente
estatura. La costanera con sus pintorescos barquitos y sus apetitosos
puestitos callejeros. El puerto y sus pescados recién ídem, asados y
comidos. El Gran Bazar con sus miles de locales, vendedores, turistas,
opciones y regateos. El Bazar de las Especias y todo lo que uno quiera
conseguir y oler. Un paseo en barco por el Bósforo como zurcando la
línea del mapa que separa un continente de otro. Palacio Topkapi con
sus hermosos jardines, objetos antiguos, armaduras, joyas, cetros,
espadas, altares, historias, dormitorios, claustros. Museo Ayasofía
lleno de historia con imponentes mosaicos. Degustación de Narguila,
cervezas locales, karaoke desafinado, charlas interturísticas en
spanglish, tés autóctonos (de manzana, negro, mezcla de hierbas),
comidas locales y todo el mundo de anécdotas que implica estar de
vacaciones. Que único que estar de vacaciones! Qué mágico es viajar!
Qué bello es estar predispuesto a lo nuevo! Qué lindo que es descubrir
y sentirse en estado de viaje!
Ya cuando las veredas empezaban a reconocer nuestras huellas de tanto
andarlas decidimos darle descanso a esta megalópolis. Una voltereta
por las calles de agencias de viaje, un regateo más, abrigo preparado,
ansiedad a flor de piel y suficiente cansancio acumulado para las 12
horas de viaje hasta la remota Capadoccia. Unos abrires y cerrares de
ojos en cada parada del bóndibus. Hasta que por fin el amanecer nos
dió el buen día en este pueblo. Mezcla del paisaje del Valle de la
Luna con el pueblo de los Picapiedras y Tatooine, este nevado pueblo
reservaba dos días enteros de asombrosas y mágicas excursiones.
Nos hospedamos en un hotel hecho sobre cuevas que a pesar de parecer
10 veces menos imponente que en las fotos que nos mostraban, algo de
mítico tenía. Tuvimos de todo. Cuevas y refugios de eras otomanas,
asombrosas e ingeniosa y profundamente construidas y planeadas. Chinos
con muchas cámaras, monasterios antiguos, iglesias talladas sobre las
montañas, una guía con buen inglés, paisajes imponentes y únicos. Cada
parada del tour era otra postal como salida de un cuento de hadas. Un
valle y un río decorado con nieve, comidas riquísimas, leyendas,
historias, explicaciones. Se sumaron productos artesanales oriundos de
la zona como joyas y miles de diseños en barro, partidos de truco,
chocolates, cafés, tés y mates. Así se pasaron las 40 horas en este
pueblo soñado. El dedo índice derecho me dolía de todas las fotos
sacadas (ideal para protagonizar el chiste de "Dr. me toco acá y me
duele y me toco acá y me duele..."). 12 horas para desandar nuestro
camino, 48 horas para terminar de recorrer Estambul, 1 gran picada
casera para despedirnos, 4 integrantes de esta aventura.
Tanto cansancio acumulamos que nos quedamos sin alternativas. Al
volver a la capital turquística (turística + turca) todos los caminos
llevaban a una única solución al respecto: baño turco. Durante una
hora chapoteamos con agua caliente en un recinto tradicional de este
tipo de centro de relax, recibimos masajes (un tanto violentos al
principio pero relajantes finalmente) y salimos con el alma renovada,
los dedos arrugaditos, el cuerpo flojito y el sueñito listo para
cerrar los ojos, soñar que volábamos a India, abrirlos y como nuestro
sueño se había convertido en realidad.
Pero esa es otra historia que por el momento no será revelada, hasta
nuestra siguiente aparición, abrazos fuertes y lindos pa todos y que
ande todo lindo por allá!
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